Hoy se cumple un año del confinamiento. Aquel día todo era incertidumbre mezclada con asombro. Se vaciaron nuestras calles y se llenaron nuestras casas, algunas como nunca lo habían estado. En otras se quedaron aisladas muchas personas solas.
Nos dijeron que sería por dos semanas y que quizá se prolongaría un poco más. Se convirtieron en meses. En nuestra retina están clavadas muchas imágenes de las ciudades vacías y sobre todo del miedo a lo desconocido. No sabíamos casi nada del virus salvo que podía estar en cualquier parte. No teníamos mascarillas ni sabíamos que usarlas se convertiría en una de las medidas de protección.
Salíamos a la farmacia, a hurtadillas, a sacar al perro por unos pocos minutos. El mío se deprimió, acostumbrado a los largos paseos, y le dio por esconderse por toda la casa, en cualquier habitación donde no estuviéramos nosotros…
Salíamos a los balcones y las ventanas como habíamos visto que hacían en Italia pocas semanas antes, y nos dio por aplaudir a las ocho de la tarde. Pero se nos ha olvidado el significado de aquellos emocionantes aplausos, creo yo.
Cuando pasaron las diferentes fases que iban abriendo la mano poco a poco, salimos del encierro como en racimos, desparramados, con ansia por comernos los días que habíamos «desperdiciado».
No, no me parece bien, no. No nos estamos comportando. El virus sigue ahí y una gran mayoría hace vida normal. Solamente se pone una mascarilla pero, por lo demás, vida normal. Entra y sale a ver a toda la familia y amigos. Se visitan en sus casas y allí se quitan las mascarillas (total, todos están sanos), salen de fiesta (no son los jóvenes, los hay de todas las edades), siguen viajando o cruzando por encima de los cierres perimetrales porque quieren ir a su segunda casa y, claro, eso no cuenta…
Estoy muy enfadada. Esto no se va a acabar nunca. Porque el virus sigue ahí y ya ha habido una segunda, una tercera ola y las que nos quedan. Porque los científicos no saben la verdadera eficacia de las vacunas y por la lentitud con que están vacunándonos.
Yo también quiero recuperar mi vida normal. No quiero estar en esta «nueva normalidad». Hace dos años que no veo a mi madre y mis hermanos que viven en otra ciudad, pero ni me planteo hacerlo en estas circunstancias. Nos conformamos con las videollamadas y con la rabia contenida. Esta nueva normalidad donde unos pocos se creen inmunes porque son jóvenes o negacionistas hace que todo sea más lento. Presiento un 2021 muy similar a 2020 y, si seguimos así, 2022 que seguirá por el mismo camino.
Siento mucho ser tan pesimista. Perdonádme por la falta de fe. El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Tienes toda la razón
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