Tuve una amiga en la facultad. Era morena, menuda, con el pelo corto. Todo el día estaba riendo por todo. De esas de risa contagiosa. Era una felicidad pasar tiempo a su lado. Isa, se llamaba Isa.
Hace pocos años la perdí para siempre por culpa de una enfermedad terrible. Me enteré por una amiga mutua que nos mantenía en contacto relativo: nos mandábamos saludos Isa y yo a través de ella y rara vez hablábamos.
La vida nos llevó por rutas distintas después de la universidad y vivíamos muy distanciadas pero siempre quedó el cariño de aquellos años pasados entre libros y… carcajadas. Realmente Isa era el alma de todas las fiestas, la más simpática, la que más se llevaba de calle a los chicos, la más dispuesta a ayudar.
A mi me ayudó con mi mudanza a mi primera casa. Creo que fue la única amiga que me ayudó. Es curioso. Conservo amigos de esa época y de mi mudanza sólo recuerdo a Isa. ¿Será tal vez por todo lo que nos reíamos? La risa, desde luego, estoy segura de que contribuye a la memoria. Es bonito recordar los momentos alegres y aquella mudanza estuvo llena de momentos alegres, felices. Isa estuvo en ellos: arrastrando muebles, colocando libros, haciendo lo que fuera por ayudar. Hasta me regaló un armario de su abuela que andaba por el trastero de su casa. Hubo que darle un buen repaso de pintura y quedó con un aspecto «vintage» que nos encantó a las dos.
Hoy me estuve acordando de ella porque es la única amiga que he perdido, por ahora, a causa de la muerte. Tuve la suerte de conservar intacta su imagen juvenil porque los últimos años vivíamos a setecientos kilómetros de distancia y, aunque planeamos varias veces vernos, nunca llegó ese día. Sentí mucha pena cuando la perdí, por ella, que era demasiado joven para morir y por su familia, sobre todo por sus hijos (siempre es demasiado pronto para quedarse sin madre).
Me ha dado por pensar que entro en una etapa en que tengo amigos y amigas de más edad y que por ley de vida, tal vez, tenga que pasar por su pérdida. Es algo que no me había planteado hasta ahora. Sin embargo, el destino es el destino y nadie sabe cuando es su hora; por eso hay que aprovechar cada momento con nuestros amigos, con nuestras amigas, ¡quien sabe cuánto tiempo podemos disfrutar de la mutua compañía!. Y esto puede aplicarse también a la familia, hay que saborear cada momento.
Descansa en paz, Isa. Siempre tendrás un lugar en mi corazón, las amistades juveniles nunca se olvidan y menos si fueron tan intensas como la nuestra. Te echamos de menos.

Me encanta tu historia, está llena de ternura y de complicidad. Es curioso cómo quedan grabados en la memoria algunos recuerdos mientras otros momentos parece que nunca existieron. Descanse en paz Isa.
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Me ha conmovido tu texto,Adela. Hay tanto para reflexionar en él…las amistades que se alejan, esa decisión postergada de ver a alguien, la vida,la muerte,los cambios… Enhorabuena, me pareció un texto escrito directamente desde el corazón en el que supiste aprovechar el río subterráneo de vivencias para hablar de temas importantes. Un abrazo.
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Gracias, Teresa.
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