Aprender a leer

Es una de las más preciosas aventuras. Aprendí antes de los cuatro años porque iba a un colegio muy especial, había niñas de todas las edades, con una sola profesora, en un barrio de los suburbios que no tenía escuela. Ese colegio no era más que un local comercial que el párroco del barrio había organizado para que los niños y las niñas, por separado, fueran algunas horas a aprender lo más básico mientras se construían los colegios necesarios.

Mi hermana mayor tenía unos cinco o seis años cuando empezó a ir, con la señorita María Luisa. Yo, por supuesto, no quería despegarme de mi hermana. Aquella profesora, se compadeció de mi madre, que tenía más niñas pequeñas que cuidar, y accedió a que yo también asistiera a las clases (la mayor parte del tiempo para dormir sobre dos mesas juntas y arropada con varios abrigos de mis compañeras). Yo tenía unos tres o cuatro años recién cumplidos.

Por aquel entonces no existía preescolar. No se iba a cantar, a hacer actividades, aprender poemas, pintar, jugar y aprender, en definitiva desde los tres años. Yo, a mi manera, demostré que esa edad era propicia para el aprendizaje, ya lo creo.

El resultado de aquellas clases no se hizo esperar mucho tiempo, porque, mientras la señorita María Luisa enseñaba a unas niñas (entre ellas a mi hermana) a leer con la cartilla de «Amiguitos», y a otras las Enciclopedia de Álvarez, yo aprendí también, por mi cuenta y riesgo, a leer.

Como me dedicaba a deambular por la clase libremente, sin que nadie me prestara demasiada atención, por ser la pequeña, casi la mascota del grupo, me paraba un rato en el grupito que me interesaba y se ve que me interesó lo de leer. Y aprendí, nunca mejor dicho, «de oídas».

Un día sorprendí a mi querida profesora, cartilla en mano, leyendo de corrido una página entera y, ella, con asombro, descubrió que no era la única que me sabía, sino la cartilla completa.

A mi madre le dijo: «Su hija ya sabe leer». Imagino la cara de asombro de mi madre, cuando le aclaró que se trataba del pequeño bicho de cuatro años, ya que mi hermana mayor había aprendido también y mi madre estaría interpretando que ya se lo había comentado antes, y que no hablaba de ella, sino de mí.

A partir de aquello no recuerdo haber dejado de leer nada que cayera en mis manos, y especialmente la sensación de ir por la calle entendiendo los carteles de las tiendas, la publicidad, lo leía todo. Creo que estuve esperando la señal de la señorita María Luisa, aquellas palabras de asombro: «¡Pero si sabes leer!» para no dejar letra sin que repasasen mis ojos, pasase por mi cerebro y pronunciase en voz alta. Leía todo a todas horas, era insaciable.

¡Qué aventura era leer! Y lo sigue siendo.

Puntuación: 1 de 5.
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De Adela Muñoz

Me gusta abril pero no soporto noviembre. Adoro a mi perro pero algunos me dan miedo y creo que es por sus dueños. Lo más importante es perseguir tus sueños pero sin perder de vista la realidad. Cuando elijo un amigo es para siempre. Cuando elegí a mi amor también fue para siempre. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido dar vida.

4 comments

  1. Cómo me llevas con el hilo invisible del recuerdo a aquel local que hacía de colegio. Ya hace mucho tiempo que no le pongo cara a la señorita María Luisa, pero una vez me llevó a su casa a comer y eso no lo he olvidado. Gracias de nuevo por rescatar vivencias del pasado.

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    1. Qué colegio y qué profesora más especial…yo la recuerdo vagamente también pero no he olvidado su buen hacer, su paciencia y su dulzura. Tenemos fotos con ella pero…¿quién de nosotros? Si aparecen te las pasaré. Un placer compartir recuerdos contigo.

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