Es una de las más complicadas relaciones que existen, la que atraviesa más vaivenes a lo largo de la vida y la que nos proporciona los mayores momentos de felicidad pero también de desdichas.
Yo soy hija y también soy madre de una hija lo que me sitúa en una situación propicia para escribir del tema.
Empecemos por el principio: toda madre recuerda como uno de sus días más felices el día que trajo al mundo a su hija, aquel inolvidable momento de tenerla entre sus brazos, de mirarla, de sentirla. Un ser diminuto e incapaz de valerse por sí mismo, dependiente de sus padres y tan tierna…
Y los meses pasan y convierten a ese bebé en una niña que da sus primeros pasos y pronuncia sus primeras palabras. Sigue la felicidad para la madre y empieza seguramente la de la hija porque nos obsequia, a menudo, con sus risas. Interpretamos que es feliz o que tiene sus momentos felices.
Pero las niñas crecen y se convierten en adolescentes, no siempre, pero algunas veces son problemáticas y el blanco de sus problemas suele ser, sí, sí, lo han acertado: sus madres. Es la época de la rivalidad. Yo más, porque tú lo digas, déjame en paz, piérdete, cállate, contigo no, porque quiero, de eso nada … Es el comienzo de los desencuentros.
Al llegar a adultas, algunas hijas revisan el pasado y, a veces, no les gusta lo que ven o no lo interpretan bien y deciden romper con sus madres. Olvidan todos los aciertos, se perpetúan en los errores (sean reales o no) y se separan para siempre. También algunas madres deciden que ya «criaron» a sus hijas y que ya no tienen ningún lazo que unir con ellas. ¡Todavía más triste!
Después están la inmensa mayoría que pasa por etapas de encuentros y desencuentros y, a medida que envejecen, ambas dan más valor a la relación. Es una relación única: de complicidad, confianza, apoyo mutuo, compañía, cariño y reciprocidad. Una madre no falla a su hija y una hija no falla a su madre, ese es el desenlace final.
Con todos los dimes y diretes que haya habido a lo largo de la vida, ambas saben que todo se puede arreglar. Algunas, sin embargo, no consiguen hacerlo por diversos obstáculos que la vida también pone, pero el principal es el orgullo y es una pena.
No quiero que piensen que el mundo madres e hijas es un mundo color rosa, es un universo muy complicado, lleno de numerosos obstáculos, malentendidos, ausencias, problemas… pero el balance, para mí, cuando miro a mi alrededor es que, de una forma u otra casi todas las madres e hijas llegan a entenderse y a amarse en una relación como no existe otra igual.
Discrepen, ¿quién ha dicho que deban estar de acuerdo conmigo?

Me gusta pero discrepo, cada relación es única y solamente las dos saben lo que se cuece en ella. ¿Por qué los chicos están excluidos?
Me gustaMe gusta
Sabía que tú discrepas con toda la razón del mundo.
Hablo de mujeres porque yo no tengo hijos varones.
Besos
Me gustaMe gusta