Hace poco hablaba de las madres y las hijas, de ese vínculo especial. Mi hija vive a unos mil cien kilómetros de mi casa y nuestra vida está siempre pendiente de los reencuentros que se producen (salvo obstáculos del covid) dos veces al año, si todo va bien.
A mi me sabe a poco. Hasta ahora es ella la que viene a mi casa y se queda poco más de una semana. Nos ponemos al día, nos llenamos de palabras y de abrazos y nos mentalizamos de que esto es así y que hasta la próxima, si todo va bien. En el pasado hubo tiempos aún peores porque vivió en el extranjero y la sensación de distancia era para mí más angustiosa. Bendigo a quien inventó las videollamadas porque puedo ver su cara y hablamos casi todos los días de las pequeñas cosas.
Con mi madre me desunen unos setecientos kilómetros y ahora no la veo desde abril de 2018. Tenemos que preparar un viaje que hemos tenido que ir aplazando y estoy ilusionada pensando que ya está próximo, pero hasta que no tenga fecha no me lo creeré del todo. A ella, que también aprendió recientemente a manejarse un poco con las nuevas tecnologías, la veo por videollamada y eso me consuela un poco, la verdad. Hace que el paso del tiempo transcurrido no sea tan pesado, más llevadero. Sin embargo no dejo de pensar que los años pasan y que cada día envejecemos las dos y debemos aprovechar el tiempo.
En realidad, me doy cuenta de que desde que vivo lejos de donde nací y crecí, tengo muchos recuerdos de reencuentros. No sabía que, al salir de Madrid e irme a vivir lejos de allí, mi destino sería así. Me alimento de los recuerdos de esos reencuentros del pasado. Reencuentros con mis hermanos y hermanas, con los amigos de siempre, con todos esos seres que tanto quiero y que ahora están tan lejos, no al alcance de la mano.
Mi vida ha cambiado mucho en estos veinte años. El placer de vivir junto al mar, a pesar del azote del viento de levante y de poniente, lleva consigo mucha calidad de vida, mucha paz, pero también melancolía y me obliga a vivir de recuerdos que dejé atrás y del futuro que escribí para mi hija que emigró por no tener nada que hacer aquí, como era natural, cuando llegó su momento de estudiar.
Quisiera reencontrarme con tantos amigos que ahora sólo son voces al teléfono o videollamadas, con la familia para conversar hasta que cayera la noche y no tuviéramos más remedio que interrumpir nuestra cháchara… ¡Que la vida no me prive de reencontrarme con ellos! He pensado mucho en esto durante el covid y la distancia me ha pesado más que nunca. Ahora, todavía siento que este virus sigue siendo una amenaza. Ojalá podamos decir pronto que se ha superado todo. Yo no puedo vivir sin los abrazos de los reencuentros.
