El valor del silencio

Entre tantas palabras, frases, párrafos, páginas, conversaciones que se podrían escribir y pronunciar, hay determinados momentos en los que hay que aprender a callar. No es necesario que sean momentos graves (que también), estoy hablando del día a día, a muchos de nosotros nos cuesta mantener la boca cerrada, el teclado quieto y no arrancarnos a dar consejos o palabras vacías a alguien que no está preparado para escuchar o leer.

Estos días murió repentinamente el hermano de una querida amiga. Tardé varios días en hablar con ella. Su mensaje me impactó por lo sincero, por la confianza que de verdad nos une: «Ha muerto mi hermano. No me llames. Ya te iré diciendo algo». Era 19 de agosto. Me quedé detenida por el dolor de mi amiga. Volvió a mandarme un mensaje al día siguiente y tres días después para decirme que no me preocupase pero que todavía no podía hablar conmigo y cómo se encontraba. Al final, hemos hablado el 27 de agosto, casi diez días después. Antes sobraban casi todas las palabras. Solo cuatro estaban en el ambiente: te quiero, lo siento.

Mi amiga es fuerte, no necesita consejos sobre como reponerse de este golpe. Su hermano era joven y todavía no era su momento, pero ella lo asumirá poco a poco. No necesito decirle palabras de ánimo porque ella sabe que me tiene aquí cuando me necesita y que podemos hablar cuando queremos. Nuestra relación se basa en el cariño y la confianza.

A veces también ocurre esto del silencio en las pequeñas cosas, tratamos de hablar y hablar y preguntar y preguntar cuando no hay nada que saber. Un silencio también llena mucho espacio. No sé si algunos de ustedes me entienden. A veces una persona necesita «no hablar» y no hay que presionar para que nos hable, basta con que sepa que estamos ahí y que podrá hablar con nosotros cuando quiera o necesite. ¿Han oído hablar de los silencios cómplices? No estoy segura de que se refiera a esto pero algo tiene que ver.

Tengo una madre que es muy habladora y me enseñó que hay que expresarse, que comunicarse, hacerse entender, hacerse oír. Eso está muy bien en la vida. Esa misma madre, a veces, se encierra en mutismos y es imposible que salga de ellos por mucho que le queramos sacar palabra a palabra. Con los años estoy aprendiendo que es mejor respetar sus silencios, que cuando tenga que hablar, que cuando haya asumido lo que quiera que le preocupe, ya hablará por sí misma, no cuando se lo imponga yo.

Mi padre era un hombre de silencios. Ayer hizo dieciocho años que falleció. Tenía una forma especial de estar callado. Era pescador de aguas dulces, madrugaba mucho y se pasaba horas en silencio, ante la caña de pescar, esperando que picaran los peces. Tal vez por eso tenía tanta práctica para no gastar palabras cuando no había necesidad. A veces era hasta tajante. Pero ser un hombre de silencios, de eso estoy segura, también hizo que fuera un buen «escuchante». De repente, no sabías cómo, ahí estabas, contándole tus cosas y él no hablaba, escuchaba.

Yo soy una mezcla de mis padres: soy habladora, pero creo que con la vida he aprendido a escuchar. Oír sabemos oír todos, pero escuchar es algo que requiere de un esfuerzo adicional y, ante todo, de empatía.

Mi padre sabía, casi siempre, cuando necesitábamos que nos escuchase. Mi madre necesita que la escuchemos pero, a veces, se encierra en sí misma y no habla. Hay que respetar sus silencios.

No olviden el valor del silencio y estén siempre preparados para escuchar. Nunca se sabe cuando hay alguien que necesita hablarnos y cuánto bien podemos hacerle con nuestra empatía.

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De Adela Muñoz

Me gusta abril pero no soporto noviembre. Adoro a mi perro pero algunos me dan miedo y creo que es por sus dueños. Lo más importante es perseguir tus sueños pero sin perder de vista la realidad. Cuando elijo un amigo es para siempre. Cuando elegí a mi amor también fue para siempre. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido dar vida.

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