Tengo una amiga desde casi unos… cuarenta y tantos años. Nos conocimos en el instituto, cuando se estudiaba desde los diez años el Bachiller Elemental (cuatro años), luego el Superior (dos años) y, si seguías a la Universidad, un curso más, el C.O.U (curso de orientación universitaria).
Casi todo ese camino lo recorrimos juntas, sobre todo a partir de los catorce, cuando las dos elegimos el Bachillerato de Letras y nos dio por los clásicos, ya saben, los hoy casi olvidados latín y griego. Eran tiempos aquellos en que compartíamos desde los apuntes hasta los gustos por los mismos chicos (justo aquellos que ni nos convenían ni nos prestaban demasiada atención). Paseábamos interminablemente a la hora del recreo fuera del recinto del instituto, comíamos palmeras de chocolate y mezclábamos con patatas fritas, y hasta aprovechábamos para ir a casa alguna vez porque vivíamos cerca.
Yo iba a su casa mucho más que ella a la mía. Lo natural puesto que ella tiene una sola hermana mientras que yo tengo cinco. Por eso tengo recuerdos imborrables de aquella escalera angosta que subía hasta el último piso donde ella vivía y de su adorable madre.
Esa buena mujer ha dejado de existir esta semana. Yo siempre la recordaré con su energía, morena, fuerte, alegre, guapísima, con un torrente de voz que resultaba dulce y que me trataba como a su hija.
En mis recuerdos está aquel día que me caí en la escalera cuando bajábamos de su casa, en el primer rellano del último piso. Su palidez, su preocupación: ¿Te has hecho algo? ¿Dónde te duele? Sus palabras eran un bálsamo para mi maltrecha espalda que me dolió varios días sin que se lo contase a mi propia madre (para no preocupar innecesariamente a quien ya tenía demasiados problemas). Tendría yo quizás quince años y la madre de Araceli era como mi segunda madre, siempre atareada como la mía, siempre limpiando como la mía, cocinando, lavando ropa…
Cuánta ternura me despierta ahora su recuerdo. Hace muchos años que no la he visto. Sólo he sabido de ella, su larga enfermedad y sufrimiento a través de su hija. No podía imaginar que una mujer tan fuerte se encontrase durante años postrada en una cama, sencillamente tenía su imagen juvenil imborrable. Mejor así.
Su hija ha puesto una foto, sospecho que no demasiado reciente, en las redes, como despedida, y he apreciado la serena belleza de su madurez, una foto en la que aparece bellísima, como ella era, por dentro y por fuera.
Tu madre te llamaba María Araceli, yo siempre Araceli, sin más. Un nombre que significa «Puertas del Cielo». Ese nombre que te puso tu madre, amiga, le habrá abierto esas puertas directamente allí porque el Cielo existe para las personas buenas como ella y porque tu estabas a su lado para que no tuviera que buscar donde ir. Ya sé que no hay consuelo para la absoluta orfandad como la que ya padecéis tú y tu hermana pero estoy segura de que encontraréis un camino, poco a poco, para vivir en paz con los buenos recuerdos y olvidar la última parte del duro camino que os ha tocado sufrir junto a ella. Descanse en Paz.

Qué bonito Adela, Araceli puede estar orgullosa 😘
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