La mar

Así dice la gente de aquí, la gente de mar, «la» mar. Para los de tierra adentro, aunque nos esforcemos siempre será «el mar». El inmenso mar.

La primera vez que lo vi tenía 9 años, era el Mediterráneo, en Cullera (Valencia) y agarré la mano de mi padre que estaba totalmente concentrado en el espectáculo. Para él no era la primera vez, ya había visto unos años antes el Cantábrico pero el poder seductor del mar era el mismo. Le pregunté qué pensaba y contestó: «¡Lo grande, lo inmenso que es! No ves nada de lo que hay detrás del horizonte».

Nunca he olvidado aquella respuesta, sobre todo porque desde aquí, desde el Estrecho, tenemos el privilegio de ver muchas veces (otras nos lo impide la niebla) África, que está tan sólo a 14 Km. Es nuestro horizonte sur. Sin embargo, si miramos a poniente, se revela el inmenso mar al que hizo referencia aquel día mi padre, no podemos ni soñar que, al otro lado, existe América. Y sí, es absolutamente inmenso.

Veo pasar muchos cargueros de contenedores, buques petroleros, barcos en general que cruzan el Estrecho con sus inmensas corrientes y, algunas veces, me quedo pensando que también habrá alguna patera intentando cruzar esos 14 peligrosos kilómetros para llegar a España aunque mis ojos no puedan percibirla. Me invade una sensación de impotencia por saber de esa inmensidad del mar que se ha tragado ya tantas vidas que nos resultan un poco ajenas. El paisaje pierde un poco su belleza cuando pienso en ellos y el brillo de las corrientes de agua me parece el mayor de los peligros.

Luego vuelvo a contemplar el hermoso paisaje, escucho algún sonido de los buques que pasan, observo los pájaros que merodean a los barquitos pesqueros que van entrando al puerto de Tarifa y vuelvo a la realidad. La playa Chica con sus aguas heladas siempre, tan pequeña, tan coqueta, la última playa del Mediterráneo y cruzando unos pocos pasos la playa de Los Lances que contempla el Atlántico y se extiende varios kilómetros. La luna llena ha inundado la arena con su marea alta y los bañistas se amontonan en una estrecha franja de tierra, a pesar de la amplitud de la playa. Es un bonito espectáculo de colores ver ese puñado de sombrillas agrupadas.

Son los veraneantes de la última quincena de agosto. Los de septiembre suelen ser del pueblo, porque es la feria y aprovechan para venir de vacaciones. Ahora Tarifa esta llena de «forasteros», como nos dicen por aquí a la gente de fuera.

Pero todo volverá a la normalidad con el invierno, el mar, la mar, con su inmensidad se llenará de soledad de noviembre a febrero. Estaremos aquí los del pueblo, los que vivimos aquí. Soportaremos los vientos de levante y de poniente, los temporales que vienen del Mediterráneo y del Atlántico. Y lo haremos con gusto. Así vivimos, llenos de turistas en julio y agosto y desiertos en pleno invierno. La vida, nuestra vida, nuestro paraíso es así.

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De Adela Muñoz

Me gusta abril pero no soporto noviembre. Adoro a mi perro pero algunos me dan miedo y creo que es por sus dueños. Lo más importante es perseguir tus sueños pero sin perder de vista la realidad. Cuando elijo un amigo es para siempre. Cuando elegí a mi amor también fue para siempre. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido dar vida.

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