Inesperado otoño.

Tener una mirada optimista estos días cuando dos de mis mejores amigas están pasando por el trance de ver enfermos de gravedad y hospitalizados a sus maridos me cuesta un poco.

Una de ellas es amiga desde nuestros once años y la otra desde la veintena. Es imposible no empatizar con ellas y no pensar varias veces al día lo que me gustaría estar cerca para poder acompañarlas.

Las dos están lejos y casi no cambiamos mensajes pues hay pocas novedades. Mensajes que espero sean de mejoría pero no siempre lo son. Por eso intento no estar pegada al teléfono y seguir con mi vida, ya que no puedo hacer otra cosa que esperar que me lleguen esas noticias, gota a gota, y que sean buenas noticias.

He entrado en una edad en que la vida va deparando ya pequeños y grandes sinsabores para los que no me siento muy preparada, pero aquí están, por ley de vida. Van desapareciendo los padres y madres de mis amigos, unos después que otros, y yo percibo las sensaciones de la juventud de esas personas que nos dejan porque dejé de verlas hace más de veinte, a veces treinta años cuando la vida nos fue engullendo, primero con el estrés del trabajo y luego con mi traslado al otro lado del país. Los padres y las madres de mis amigos serán eternamente sesentones en mis recuerdos, no los puedo imaginar octogenarios.

En este clima de octubre, conde el calendario se ha vuelto loco y en Soria viven a 18 grados y en San Sebastián rozan los 25, debería acompañarnos un otoño que nos mostrase sus primeros fríos pero se empeña en alargar su calor, como un eterno verano. Yo, que soy de días de luz, ya estoy temiendo el cambio de hora y con ello la oscuridad en que se sumirán las tardes de este inexplicable otoño. Un otoño inexplicable como el que el que he alcanzado en mi propia vida.

Reflexiono mucho sobre esta fugacidad de la vida, sobre el ayer, sobre la rapidez con que no que nos ocurre todo. Lo que han crecido nuestros hijos y lo pronto que hemos envejecido. Me miro al espejo y ya no veo a esa joven que solía ver. No me disgusta, pero sé que ya no soy la misma. Sé que ya me queda menos tiempo por vivir que lo que he vivido: esa es la gran verdad. Y eso es lo que les está pasando a mis amigos y a mi generación. Una triste realidad.

Pero lo vivido nos debe ayudar a seguir adelante con nuestros sueños porque no sabemos cuán cerca o lejos está todavía el momento en que se acabará todo. Luchen, sigan luchando por sus sueños.

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De Adela Muñoz

Me gusta abril pero no soporto noviembre. Adoro a mi perro pero algunos me dan miedo y creo que es por sus dueños. Lo más importante es perseguir tus sueños pero sin perder de vista la realidad. Cuando elijo un amigo es para siempre. Cuando elegí a mi amor también fue para siempre. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido dar vida.

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