Y otra vez lloviendo. Tendré que salir a mojarme para dar un paseo con Milú. El pobre no tiene culpa pero en días como hoy qué bien estaría poder quedarme a oír repiqueterar la lluvia tras los cristales.
Luego escucho que los pantanos siguen vacíos pero desde enero aquí ha llovido todas las semanas.
Lo que nunca pensé que haría: sí, le he comprado un impermeable al pobre Milú. Me mira agradecido bajo la lluvia salvaje, y eso que su cabeza queda al descubierto. Siempre pensé que era cursi vestir a los perros humanizándolos pero es que este pobre llegaba empapado, lo secaba con una toalla y no quería ver el secador de pelo ni de lejos. Se asusta con el ruido. Es mi perrillo cobarde.
El resultado era un perro mojado de la mañana a la noche. No puedo con el olor a perro mojado. No puedo. Así que el mal menor ha sido el impermeable. Ahora sólo se moja las patas y yo se las seco amablemente, aunque hay pelea. Tampoco le gusta que le toquen las patas.
Milú es un perro mimado y un poco delicado y quejica. Es pequeño, blanco y peludo y dormita todo el día.
Las tardes le gusta tumbarse a dormir en el sofá pegado a mí. Él seguramente oyendo la lluvia y yo leyendo la mayor parte de las veces.
Cuando se queda solo en el sofá porque me voy al ordenador a hacer mis cosas se pone triste y espera anhelante la hora en que vuelvo a sentarme otro rato con él. Demasiado mimo.
Hoy, como llueve, le obligaré a permanecer en su colchoneta hasta que esté seco. A mi sofá no se sube mojado, por más que le quiera.
Digo yo que dejará de llover pronto, que ya se acabará el invierno y podremos disfrutar de los paseos sin disfraz de perro pijo.
Perdóname, Milú, por humanizarte. Te prometo no ponerte botas de agua.
