Recuerdo que paseaba con él, mientras hablábamos, por la calle de Alcalá. Bajábamos desde el metro de Quintana y solíamos llegar hasta el puente de Las Ventas que, entonces, creo recordar que estaba en obras.
Caminábamos por la calle para poder hablar de nuestras cosas porque si nos quedábamos en la tintorería estaba ella y siempre intentaba participar de la conversación. No se daba cuenta de que yo me limitaba a ser educada, un saludo a la llegada, un «¿está por ahí mi padre?» y ya está.
Él solía estar en la trastienda, me metía hasta el fondo después de que Molly, la perra cruzada con pastor alemán, intentase subirse a mi hombro. Cada vez, mi padre tenía que rescatarme del pavor que me producía el saludo cariñoso de la perra. «A ella no, Molly, que tiene miedo, quieta, Molly, quieta»…. me parece estar escuchando la voz de mi padre.
Enseguida salíamos a la calle con un «ahora volvemos» por toda explicación. La mujer se quedaba con cara de póker, le daba igual todo, creo yo. Nosotros cruzábamos por los locales comerciales de Quintana y tomábamos la calle Alcalá casi en silencio.
A mi padre había que arrancarle las palabras de la garganta pero, en cambio, sus ojos solían estar al borde de las lágrimas. Así era la emoción que le producían mis visitas, no demasiado frecuentes para lo que yo hubiera necesitado, la verdad.
Un día le tomé de la mano y soltó la lengua: ¡Cómo os he arruinado la vida a todos, a mí el primero! ¡ No puedo con esta soledad, no puedo! ¡Cuánto os echo de menos, hijos míos! Todo lo he hecho mal, todo.
Me di cuenta de que yo también lloraba y que íbamos caminando de la mano. Me la soltó de repente diciéndome algo así como que la gente pensaría que éramos novios y estábamos discutiendo. Ya ves que tontería se le ocurrió pensar, dentro del drama. Y siguió hablando de la soledad de su cama de camping en el sótano de la tintorería, del calor que le daba la Molly entre las mantas. Que tenía el cuerpo molido, pero le dolía más el alma porque no tenía nada que darnos y era su obligación y también le angustiaba lo poco que nos había dado siempre.
Se habían soltado a la vez su lengua y su llanto. No sabía consolarle y no podía ayudarle. Para nosotros eran muchas las carencias en casa. Todavía vivía mi madre con los pequeños y los estaba sacando adelante, trabajando en lo que podía, después del divorcio. Ella no se quedó con todo porque no había nada con lo que quedarse. Se quedó viviendo con los hijos y él vivió unos años en la tintorería.
No sé, hoy me he acordado de aquella tarde. Lloramos mucho y sabíamos que no había arreglo posible. Él sabía que se había forjado su destino, que lo había elegido poco a poco, sin darse cuenta y ahora le dolía en lo más profundo del corazón.
Siempre he sabido que si enfermó del corazón fue porque estaba enfermo de los sentimientos, de las emociones.
Mis padres fueron unas de las primeras parejas que se separaron en los ochenta, con la nueva ley del divorcio de Fernández Ordoñez. Hubo una tercera persona desde muchos años antes y un día mi madre no pudo más. Hubo un hombre sensible y débil que no se dio cuenta del valor de la familia hasta que no la vio partida en dos. En dos partes que malvivían y que trataban de rehacerse.
Después del divorcio, estuvieron veinte años largos sin dirigirse la palabra. ¿Quién me lo hubiera dicho a mi aquella tarde por la calle Alcalá?. Menos mal que la vida me dio la oportunidad de verles compartir mesa y mantel en una celebración de toda la familia, con todos sus hijos y nietas alrededor. Charlaron hasta cansarse una sola vez más, se bebieron el pasado perdido y ojalá mi padre hubiera pedido perdón.
Pero no, desde su cama de hospital, cuando ya sus días se acababan me pedía que le dijera a mi madre que le perdonara. ¡Ay, mi Alfonsita! Nunca tuvo la oportunidad de decírselo directamente.
Descansa en paz y perdónate a ti mismo, hemos olvidado aquellos días grises, seguro que mamá ya te ha perdonado y hoy deseo que aquella mujer que nos robó la paz se perdone también, cuando pueda. Yo no la puedo perdonar. El único pecado que cometió mi madre era quererte solo a ti y buscó reciprocidad. La buscó durante más de diez años y, rendida, rompió la baraja.
Podíamos haber sido pobres, pero felices.

Triste pero muy emotivo recuerdo, desgraciadamente sólo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos, el ser humano no sabe valorar lo que tiene, pasa la vida buscando lo que cree que les falta sin darse cuenta que lo que buscaba, ya lo tenía y acaba de perderlo.
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