Una boca que engulle gente, que vomita gente a borbotones. La boca de metro de Sol. Vísperas de Navidad, personas bulliciosas que se dirigen amontonadas a hacer sus últimas compras, a coger los últimos décimos de lotería, a la Plaza Mayor para buscar figuritas del belén o árboles de Navidad. Una tropa que tropieza y se disuelve mágicamente en dos clases: los que entran en la boca de metro y los que salen a la calle Mayor. Algunos se quedan mirando la pastelería de la Mallorquina y otros se dirigen a buscar el final de la cola de doña Manolita para comprar la lotería. Otros se extienden en forma de tentáculos por todas las calles abarrotadas desde la Puerta del Sol, pero sobre todo hacia Preciados, donde se hacen la mayor parte de las compras.
Los demás quedan sepultados por el metro, desaparecidos, comidos por esa boca marcada con el rombo rojo y cartel azul con letras en blanco, suspendido de la barra, que enmarca el lugar. Las escaleras bajan anchas y llenas, individuos que se sitúan ordenadamente a su derecha para subir, unos a la calle, y para bajar otros, a los confines de las taquillas primero, y los andenes después.
Ha bajado una multitud que invade todo un enorme intercambiador de líneas dónde se cruzan varias direcciones de la ciudad y algunos rezagados pasan leyendo la cartelería para no perderse de destino. Los más, van lanzados hacia los pasillos, a toda prisa, como lenguas de serpiente que se extienden por cada uno de los rincones hasta cada andén.
Y los andenes llenos. Llenos de gente y de publicidad que nadie lee. Y luminosos que avisan en cuánto tiempo va a llegar el próximo tren. Los pasajeros entremezclados buscan su hueco en la zona del andén más conveniente para su salida en la estación de destino, para no perder un segundo de su tiempo. Está todo calculado, son como autómatas.
Hay una niña pequeña, de unos cinco años, con su madre. Las dos pegadas a la pared, huyendo de la cercanía al andén, pero la mayoría de los pasajeros se pasean libremente pegados al borde de las vías, ignorando la altura desde la que caerían si dan un traspiés o alguien mal intencionado les diese un empujón. Caminan con seguridad o, simplemente, se quedan parados al borde de ese abismo.
Un tren está entrando por la dirección contraria y el ruido aturde por unos instantes a toda la estación. Su llegada, su parada, su pitido, la salida y entrada de pasajeros, otro pitido, su marcha… Y en ese momento un estruendo mayor aturde a los viajeros porque hace entrada el otro tren con su propio atronador ruido metálico y repite el ritual de abrir y cerrar puertas, con sus pitidos de advertencia.
Un día más María se ha sentado temblorosa en un asiento que quedaba libre y ha superado el miedo a meter el pie entre el coche y el andén, el miedo a que alguien la empujara a las vías mientras llegaba el tren, el miedo a estar ahí, bajo tierra, por este tiempo eterno que pasa todos los días dos veces, de Ventas a Sol y de Sol a Ventas, sin poderlo evitar porque vive en Ventas y trabaja en Sol. Ese miedo implacable que tiene a montar en metro y que lleva intentando superar dos largos años. Un miedo que, cada vez que la boca de metro engulle su delgado cuerpo de diecinueve años, se pone a temblar y no para de hacerlo hasta que la boca de metro de destino la devuelve a la superficie de la ciudad. Ha pensado ir a un psicólogo o contárselo a alguien pero ¿quién le tiene miedo al metro?

Me parece fantástico amiga, hay mucha gente que tiene miedo al metro
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A mi también me lo parece…
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