Es maravilloso tener una familia y formar una familia también. Y todavía sería más maravilloso si todos los que la forman tuvieran la misma conciencia de la importancia de esa palabra: «familia».
A veces, a lo largo de la vida, encontramos amigos que se convierten incluso en más que nuestra propia familia, son como hermanos, como padres o madres, como esos tíos o tías que, cuando eras pequeña, vivían pendientes de tí o te criaron.
Pero siempre hay alguien que no se integra, que no se siente integrado, o a quien no integramos. Suele haber razones, de esas razones que diríamos «de peso» para no tenerlo en cuenta, para no juntarse en las reuniones familiares, ni las fechas importantes.
Los padres suelen ser el nexo de unión de los hermanos, para ellos todos los hijos deben ser «iguales». Luego la vida da vueltas y no, resulta que, como en una tómbola, a alguno le toca premio y a otro siempre palmarla. De otra forma no se explica que, como no le toca premio, pues empiecen las distancias y las discrepancias, tal vez las envidias y especialmente esa palabra horrible: el rencor.
Y están los casos graves, los que dicen a sus padres que no quieren verlos durante años por un «quítame esas pajas» (porque nada hay en la vida que hablando no se pueda solucionar menos la muerte). Y hablando de muerte, esos hijos, luego acudirán, a la hora de la muerte de sus padres para recoger, si ha quedado alguna migaja que «les corresponda por ley, por derecho», como si hubieran hecho mérito alguna vez en su vida para recoger ni un duro corrusco de pan.
Llevarse mal o no llevarse, pase. Pero atacar rebasa ya de la línea roja invisible que está trazada para que ningún miembro de la familia la traspase. Tratar mal se llama «maltrato» y cuando alguien de la familia lo hace a otro miembro de la familia lo hace a todo el clan. Sí, así me siento hoy, parte de un clan.
Me siento triste porque no voy a pagar maltrato con maltrato pero no voy a olvidar a quien maltrató y no voy a pagar con rencor, sólo con silencio respetuoso hasta que la vida me de la oportunidad de aclarar ese maltrato, así pasen veinte años, la causa de tanto rencor.
El rencor es un sentimiento estúpido, te pudre por dentro y quien maltrata ya está podrido, seguramente. Sé que es duro lo que digo pero, si no escribo esto hoy, me defraudaría a mí misma.
Suerte que la familia que he formado, por ahora, es pequeña pero es una piña y creo que nunca pasará por situaciones como las que pasa la familia donde crecí.
Hoy les pido perdón por defraudarles a ustedes con mis problemas familiares. Tal vez no merecía la pena hacerles partícipes pero, si sirve para que alguien reflexione, me doy por satisfecha. Todavía están ustedes a tiempo de desfacer entuertos en sus familias, aprovechen que llega la Navidad y no el Black Friday, dará mucho más sentido a sus vidas la primera de estas fiestas que la segunda.
Y un último párrafo dedicado a los que han sufrido crueldades dignas de ser llevadas ante la ley en su propia familia. Para ellos sólo tengo dos palabras: «olvido» y «perdón». Ajustar las cuentas siempre que se pueda con un juez de por medio y, si no fuera posible, dedicar la vida a superar lo vivido, a rehacer la vida y recomponerse. Recuperar la felicidad es posible después de mucho esfuerzo. Esas familias excepcionales, que las hay, marcan para siempre pero hay que ser fuertes, superarse y, con ayuda, salir adelante. Mi corazón está con ellos.

Gracias por acordarte de los que estamos o hemos estado en la última situación que comentas y por supuesto un poco más abrazo enorme para ti hoy.
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Siento que el corrector me ha jugado una mala pasada, quería decir que un abrazo enorme para ti hoy (sobra lo de un poco más)
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Ya sabes cuánto me importas. Un fuerte abrazo.
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