Ignoro la extraña razón por la que, desde que tengo recuerdos, quería llamarme Alicia. Ese sentimiento se acrecentó en mi adolescencia, cuando una de mis amigas y yo, iniciamos un juego inocente que consistió en elaborar una lista de los nombres y sus significados. Primero sólo nos importaban los griegos y los latinos porque estudiábamos el bachillerato de letras, pero pronto ampliamos nuestra curiosidad a otros orígenes. Queríamos saber sobre cualquier nombre. Abundaban los de procedencia germánica y algunos en los que el origen de su raíz ya no nos preocupaba tanto como la ilusión de asignar a su propietario la magia de un significado que ya le acompañaría, al menos, hasta el final de ese curso.
Nuestras fuentes para elaborar la famosa lista, ahora que lo pienso bien, eran bastante dudosas. Es cierto que, al principio, recurrimos al profesor de griego y a aquella adorable profesora de latín, y que ambos se mostraron muy dispuestos a satisfacer nuestras curiosidades. Ahora, con la perspectiva que proporciona el paso de los años, supongo que recibieron aquella idea, aquel juego adolescente, como un incentivo, una forma de motivarnos para el estudio y una oportunidad de embaucar a dos empollonas de la clase para dejarnos definitivamente convencidas de lo importante e interesante que podían llegar a ser aquellas lenguas muertas y su aplicación en la vida diaria. Sin embargo, el mayor de los incentivos era el que nos producía la curiosidad de nuestros compañeros, quienes nos consultaban por sus nombres, los de sus hermanos y de su familia, como si fuéramos verdaderas autoridades en la materia.
La lista fue creciendo con las consultas de algunos libros de la biblioteca y empezó a degradarse con las preguntas a algunos padres y abuelos. Algunos compañeros también aportaron sus propios datos, que no recuerdo haber contrastado jamás. Aquello tuvo poco o nada de científico pero nos entretuvo, nos motivó, nos sentimos verdaderamente eruditas. Llegamos a soñar con utilizarla, si seguíamos aportando nombres, para alguna pequeña publicación en la que algunos padres pudieran encontrar orientación a la hora de elegir un nombre para su bebé.
Y, por fin, en la famosa lista, ahí lo recuerdo perfectamente, apareció con su significado el nombre de Alicia. Desgraciadamente no recuerdo la fuente. ¡Ojalá supiera si es fiable!. Sin embargo, no pienso averiguarlo porque quiero creer que sí, y porque me he aferrado a ello desde que lo vi escrito en aquel panfleto de letras menudas, ordenado alfabéticamente, que pasábamos periódicamente a limpio entre Araceli (“puertas del cielo”) y yo. Allí, en el primer apartado, el de la letra A, decía que Alicia significaba VERDAD (del griego).
Y no, no me llamo Alicia, pero supe que ese era el nombre que había estado preparado para mí y que, por algún absurdo error, no me lo habían asignado en ningún juzgado ni en ninguna pila de bautismo. Me habían contado mil veces que me pusieron un nombre de último minuto, cuando ya había salido del vientre de mi madre, porque aunque mientras crecía en sus entrañas estuve llevando otro, sin embargo, aunque me hubieran puesto ese otro, también se habrían equivocado.
El nombre que llevo es un homenaje a un bebé muerto y otro desaparecido. Las hijas que perdió mi abuela, dos personas malogradas que no me dejan ser yo misma, se llamaban así. Esto lo he entendido hace muy poco, pocos meses, ni siquiera pocos años. No ha sido culpa de nadie. Y todo porque nunca nadie entiende que no debería poner nombre a un hijo en honor a su padre, su abuelo, su hermano, su tío… Un hijo debe tener derecho a su propia identidad, a su propia vida. Y no hay mayor identidad que tu propio nombre. Durante muchos años no lo he vivido como una condena, me ha gustado mi nombre, su sonoridad, saber que era el homenaje que hacía a unos bebés de aquellas hermanas que mi madre no llegó a ver crecer. Me ha ayudado la ignorancia.
Mi destino de Alicia quedó eclipsado. Pesaron demasiado los ancestros aunque esa Alicia latiera fuerte dentro de mí, la Alicia que soy no tenía nada que hacer porque cuando decidieron mi nombre, incluso sin tenerlo en cuenta conscientemente, tenían que homenajear, incluso, a otra tercera persona. Yo lo he sabido hace muy poco tiempo, ni siquiera mis padres lo supieron. Mi único pariente octogenario me ha contado que tengo una tía por parte de padre que también lleva mi nombre. Esta coincide conmigo hasta en en nombre y apellido. Me resultó asombroso, rayaba lo escalofriante. Ella era la hermana mayor de mi padre, hija de un primer matrimonio de mi abuelo, y mi padre, el pequeño del segundo matrimonio. Nunca convivieron esos hermanos. Calculo que les separaban, al menos, quince años. He necesitado hacer muchas preguntas pero también saber a quien y cuándo. La vida dispuso algunas casualidades para que yo las encontrara en el camino. Encontré las señales y las leí, poco a poco, grano a grano. Estaban dispersas y pertenecían a las dos familias. Nada era de nadie y todo era de todos. Mi madre sabe muchas historias familiares, mi padre algo menos pero nunca le pregunté porque no supe encontrar las señales y en su día no surgieron las preguntas. Sólo su hermana pudo poner luz donde mi padre me dejó sin información.
Y aquí estoy, con el peso de estas tres tías, queriendo saber de sus vidas, las dos primeras muy cortas y la tercera muy triste. Me pareció increíble que nadie, hasta hace poco, hubiera mencionado nada sobre la última en todos los años de mi vida y que todo fuera tan irreal en torno a las dos primeras.
Mi destino no era el de Alicia porque habían dispuesto un primer nombre, antes de que naciera, era el de la hermana de mi padre y, en apariencia, debía estar bien elegido porque quiso la “casualidad” (la casualidad no existe) que yo fuera a nacer el mismo día que había nacido ella, el día de su cumpleaños. Mi madre, recién parida, alegó algo que nadie había tenido, increíblemente, en cuenta: aquel nombre de su cuñada también era el de su madrastra .¿Cómo poner ese nombre a su hija? . Sólo lo dijo cuando me tuvo entre sus brazos. Si mi padre y mi tía lo aceptaron de buena o peor gana, si les pareció bien o mal sustituir ese homenaje por el de las tías que nunca tuve, nunca se ha sabido. Sería de esperar que lo entendieran porque madre fue huérfana desde los dieciocho meses e insistir en ponerme el nombre de esa madrastra que ella describe peor que la de Cenicienta, con hermanastras incluidas, hubiera sido crueldad. En todo caso, ese es uno de esos temas que nunca se tocan en la familia.
(Una historia escrita en 2016)

Adela preciosa, supongo que hablas de Araceli Guerrero García. Si en aquel tiempo me hubieras dicho que querías llamarte Alicia yo lo hubiera hecho, como si me lo pides que lo haga a partir de ahora. Sacúdete ese nombre de persona fallecida y vive tu vida de Alicia aunque no sea en el país de las maravillas. Un besazo amiga.
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Efectivamente, María Jesús, no te falla la memoria. Es Araceli.
Hoy en día ya no me cambio por Alicia. Descubrí que Adela, en griego, significa invisible. ¿Quién no quiere tener super poderes?
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Hola Adela,
Interesante y complicado el por qué de tu nombre.
De cualquier forma, y por lo que he leído en algún sitio,
Adela es un nombre de origen germano cuya raíz es «athal»
que significa: «aquella de origen noble», que tampoco está mal.
Un abrazo
Andrés
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Hola¡
Pues no te falta razón. También conocía ese origen de mi nombre, que no está nada mal. Pero me quedo con lo de «invisible» del griego, que da más misterio. Gracias por leerme. Un abrazo,
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Muy emocionante.
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Gracias, Amalia.
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