Últimamente paso bastante tiempo en salas de espera de hospitales y centros de salud.
Lo primero que me asombra es la falta de silencio en esas salas. Las personas que vienen con sus acompañantes hablan con ellos, no en susurros sino en una voz clara que todos podemos oír.
Después están los de los teléfonos: ensimismados durante las largas esperas o bien aprovechando para hacer llamadas de cuyo contenido nos enteramos todos.
Hay también un grupo, muy desesperante, que entabla conversaciones entre desconocidos, en alta voz y, normalmente, quejándose y compitiendo sobre sus muchos males.
Por último, hay dos pequeños grupos: los ensimismados en sus pensamientos y que parecen observar todo lo que ocurre y los enfrascados en la lectura de libros de papel o electrónicos.
Yo suelo ir acompañada y corro así menos riesgo de que me asalten los que quieren entablar conversación, pero, aún así, ya los voy distinguiendo de los demás individuos y procuro ubicarme lo más lejos posible. Pero nunca se está a salvo.
Lo que siempre está garantizado es el murmullo, más bien ruidoso, de lo que debería ser la silenciosa sala de espera. No sé cómo los médicos pueden pasar consulta con el ruido de fuera. Me parece un despropósito.
