Un asunto difícil para los escritores es elegir un pseudónimo. En ocasiones queremos ocultar nuestra identidad y en otras se nos exige (por ejemplo, si te presentas a algunos concursos literarios).
Yo no recuerdo si me he visto en la obligación de elegir alguno y, si fuera así, se me ha olvidado completamente. Eso debe ser la señal de que el pseudónimo elegido debía tener poca o ninguna trascendencia y, la verdad, he estado pensando que debería pensar alguno que me represente para cuando surja la ocasión.
Tengo una amiga que ha elegido el nombre de su abuela, que es un nombre, por cierto, con mucha sonoridad y solemnidad. Me ha gustado bastante. Otra ha elegido uno ambiguo, que no se sabe si oculta a un hombre o a una mujer, con apellido extranjero. Eso me ha parecido también bien, no le falta exótismo. Yo siempre he dado vueltas a personajes literarios o a nombres griegos pero me han resultado rimbombantes y pretenciosos, no sé. No me decido.
La idea de poner el nombre de uno de tus antepasados me ha parecido atractiva e incluso he pensado en mezclar el nombre de uno con el apellido de otro. Estoy haciendo mis combinaciones posibles y, por el momento, no tengo nada decidido pero creo que voy a ir por ese camino. Estaría bonito homenajear a dos hermanas de mi madre, fallecidas de niñas, pero yo ya llevo el nombre de esas dos tías y mi pseudónimo se quedaría a mitad de camino. No puede ser.
Creo que voy a desplegar mi árbol genealógico que he ido construyendo estos últimos años y buscaré un nombre y un apellido que me hagan sentir bien.
Próximamente les comunicaré mi decisión, que no tengo previsto que vaya a ser fácil porque pretendo que sea para siempre. O a lo mejor no se lo comunico… ¡hay que conservar el anonimato!.

Qué tal «Geni Muñoz», o «Adel Geni». Suenan bien
Me gustaMe gusta