Creo que uno de los días de mi infancia en que sentí más miedo y ha quedado grabado en mi memoria como un día aterrador, fue cuando me examiné con diez años para obtener la beca para estudiar primero de bachillerato.
Yo estudiaba con el plan de estudios Moyano (1958), si no recuerdo mal, que dividía el bachillerato en elemental (hasta los 16 años) y superior (hasta los 18).
No me salen bien las cuentas, yo debía tener doce años pero, en mis recuerdos tengo diez o así de pequeña me siento el día del examen de la beca. Era una niña de barrio y jamás salía de él, sólo en las contadas ocasiones en que mis hermanos y yo acompañábamos a mi madre para comprar ropa (dos veces al año y siempre en el mismo sitio, los Almacenes Simeón). Mi mundo era pues, mi barrio y la plaza de Santa Ana y sus alrededores, donde se encontraba ese comercio.
El examen de la beca tuvo lugar en la madrileña y céntrica calle de Toledo, muy próxima a la plaza Mayor, en el Instituto San Isidro. Era un edificio enorme, con techos muy altos y los alumnos que nos examinábamos éramos dirigidos por los pasillos de un modo absolutamente militar: circulen por su derecha, dejen un espacio de un metro con su compañero de delante, sigan la fila, no se detengan…
De repente, detenían a un grupo para situarlo en una clase. Cuando fue mi turno, el profesor nos explicó cuidadosamente todas las normas, que eran tantas que no las puedo recordar ni pude asimilarlas en aquel momento. El silencio era absolutamente sepulcral, se permitía únicamente un bolígrafo o pluma y las hojas de papel con las preguntas del examen. Estaba prohibido usar ningún papel adicional. Recuerdo que eso lo dijo el profesor casi gritando cuando un pobre alumno preguntó si le podía dar un folio «para sucio».
No puedo expresar cómo empezó a dolerme el estómago de los nervios. Las preguntas me parecieron dificilísimas y eso que yo era una muy buena estudiante. El profesor paseaba entre las filas de las mesas, vigilando nuestros escritos, a veces se paraba a leer lo que algunos escribían. Aquello no parecía un examen para unos niños, sino una tortura. Confieso que usé mi pañuelo de tela para comprobar algunas cuentas de quebrados (a falta del papel para «sucio») y lo hice tan a escondidas y con tanto sentimiento de culpa que cada vez me dolió más el estómago, como era de esperar.
La mañana fue interminable. La misma disciplina para desalojar el instituto y reunirnos con nuestras madres que esperaban fuera. Yo no había pasado tanto miedo en mi vida, de verdad. Era un ambiente que imponía.
Y al salir, mi madre me preguntó:
-¿Qué tal?
Yo me encogí de hombros y contesté con un «bien» poco convencido.
El resultado llegó un mes después. Un suspenso como una catedral. Un suspenso que privaba a mi familia de un dinero indispensable y sentí el peso de la responsabilidad por primera vez, creo, en mi vida. No habíamos conseguido el dinero por culpa mía y de mis miedos.
Hubo una enorme regañina. Muchas veces recordada y ya perdonada hace mucho tiempo. La regañina de la desesperación de lo que se contaba con tener y no se ha obtenido cuando tanta falta hace. Triste infancia la de contar con lo justo, lo indispensable y casi, en ocasiones, ni eso.
Pero la vida te enseña que no hay que olvidar nunca de donde venimos porque nuestros orígenes (seamos hoy quienes o como seamos, tengamos lo que tengamos) son importantes porque una vez sobrevivimos con muy poco y eso fue mérito de quien nos sacó adelante. No lo debemos olvidar nunca.

Querida Adela, me retrotraes a la infancia con tus recuerdos. Hacíamos ingreso con 10 años. El bachiller elemental terminaba con 14 y el superior con 16. En mi caso como repetí 3°,un año después, así fue como pase de estar en clase con tu hermana Antonia, a estar contigo ♥️
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Querida María Jesús,
Muchas gracias por ser «mi memoria histórica». Yo tengo muchas pequeñas lagunas y dudas y siempre estás ahí, recordando cada detalle y completando historias. Te lo agradezco de corazón. Un fuerte abrazo.
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Hola, querida Adela. Siempre has escrito muy bien, y lo sabes. Tu hermoso discurso lo matizo, para que quepan los sueños de todos los seres humanos de alma cálida y buen corazón: El amor siempre es AMOR, y siempre es verdadero. No existe engaño en el amor, sí error. Y ahí, los humanos nos convertimos en auténticos campeones. Campeones del error. Si bien, el tiempo os enseña y ayuda a aprende a amarnos a nosotros mismos. Y, cuando casi lo tenemos logrados, podemos echar un vistazo atrás y recordar que todo lo vivido, es extraordinariamente maravilloso y único, incluidos los errores, por la gran enseñanza que de su comisión podemos obtener…
Bueno, que me enrollo, que te iba a escribir para «aportar luz» a lo del bachiller, pero ya te lo ha apuntado María Jesús Mulio en su entrada (A los 10, se hacía el examen de Ingreso, que puede coincidir con lo de la beca, pero —estoy casi seguro— no era un examen para obtener beca, era para acceder, de hecho, seguro que lo tuviste que repetir en Septiembre y lo aprobaste. En el ámbito rural, la cosa era más simple e hiriente: si tu padre o tu familia estaba marcada por el Régimen fascista, no había beca, ni de coña. Yo tuve más suerte en el examen, pero nunca obtuve ninguna beca, a pesar de la solemne y severa pobreza de mi familia (mi padre luchó y perdió contra los rebeldes, junto a la legítima República.
Un saludo cálido para ti y los tuyos, con el corazón
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