Dieciséis horas de vuelo

Hace cuatro años estuve viajando durante alrededor de dieciséis horas desde Madrid a OsaKa (Japón). Iba sola e hice escala en Helsinki.

Creo que nunca en mi vida, al menos no lo recuerdo, había viajado sola. En Japón me esperaban unos amigos, de esos amigos de siempre, con los que iba a pasar unas semanas inolvidables.

El viaje, tanto el de ida como el de vuelta fue una aventura en sí mismo. La sensación extraña de que si me pasaba algo no sabría a quien recurrir, el estar pendiente de mi equipaje de mano en todo momento (un bolso donde llevaba el pasaporte, la tablet, el móvil, las tarjetas, mi DNI… todo lo importante). Nunca creo que he sido desconfiada pero en aquellas horas pensaba que, con mi bolso a mis pies, alguien podría coger algo mientras yo dormía. Me sentía algo insegura.

La escala de Helsinki era un motivo de preocupación. El cambio de avión debía hacerlo en la misma terminal, eso lo sabía de antemano, pero aun así me producía cierto desasosiego. ¿Y si no encontraba la puerta adecuada? Hubo un momento de misterio pues la puerta asignada estaba detrás de una columna y no se apreciaba a simple vista. Pasé dos veces por delante hasta que me di cuenta de la inoportuna columna, justo un poco antes de llegar a ponerme nerviosa.

Luego estaba aquella sensación de tener que dormir y comer todo el viaje. La desorientación que reinaba en aquel transcurrir del tiempo mientras el avión atravesaba los diez mil kilómetros que separaban Madrid de Osaka. Las azafatas pasaban con comidas prefabricadas y de aspecto irreconocible desde Helsinki a Osaka cada aproximadamente dos o tres horas. Después me quedé dormida. No sabía si en España era de día o de noche y menos aún en Japón. Tuve sueño y me dormí.

Los monitores que llevábamos delante de nuestro asiento eran capaces de ofrecernos música, películas, el paisaje terrestre, el rumbo del avión. Jugué digitalmente seleccionando unos y otros al azar para ver todas las posibilidades durante horas.

No sentí soledad, sí incertidumbre. Iba a llegar a un país extranjero y no hablaba el idioma. ¿Y si mi amiga no acudía a mi encuentro al aeropuerto por cualquier imprevisto? Ellos vivían en Kyoto, así que teníamos que tomar un taxi, bus o tren hasta allí desde Osaka. No tenía la menor idea de cómo iba a arreglármelas si se producía esa ausencia de mi amiga. Sabía su dirección y teléfono pero eso no me tranquilizaba en absoluto.

Pasaron las largas horas y todavía quedó un último paso: la aduana en Osaka, el control de pasaportes. Había una pareja joven española y yo me pegué a ellos porque supuse que hablarían inglés mejor que yo. Les pedí ayuda en caso de que me preguntase algo la policía y yo no entendiera y se ofrecieron a estar pendientes de mí. Fueron muy amables aunque no hizo falta. El policía me preguntó si iba por turismo o trabajo y cuánto dinero llevaba en efectivo. Contesté sin problema y me dejó pasar. Me despedí de la pareja con un gesto.

La doble alegría de encontrar a mi amiga después de tantos años y después de tanta incertidumbre cuando, por fin, estuvimos juntas en el aeropuerto es indescriptible.

Debería viajar sola más frecuentemente. Es raro pero necesario. Una se siente responsable de sí misma y he llegado a la conclusión de que esa incertidumbre de algunos momentos no es, para nada, desagradable. Es un plus.

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De Adela Muñoz

Me gusta abril pero no soporto noviembre. Adoro a mi perro pero algunos me dan miedo y creo que es por sus dueños. Lo más importante es perseguir tus sueños pero sin perder de vista la realidad. Cuando elijo un amigo es para siempre. Cuando elegí a mi amor también fue para siempre. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido dar vida.

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