Estas manos fueron un día infantiles, sonrosadas y regordetas. Solían ir de la mano de mi hermana mayor y de mis padres para cruzar carreteras. Jugué a muñecas y aprendí a bailar la comba con ellas. Me mordía las uñas porque era nerviosa y no lo podía evitar y recibí muchas regañinas por ello. Mis manos eran feas, de niña, pero feas. A los nueve o diez años aprendieron a coser porque por aquella época te enseñaban en el colegio. Más tarde mi madre también enseñó a mis manos a tejer con dos agujas y ellas aprendieron, no recuerdo de quién, a hacer ganchillo. ¡Cuántas cosas aprendí de niña a hacer con mis manos! Aprendí a escribir, eso fue lo más importante junto a pasar las páginas de los libros.
Mis manos de adulta se adornaron con manicuras. Nunca con demasiados anillos: la alianza de casada por un tiempo. Había dejado, con los años, la maldita costumbre de morderme la uñas y entonces lucía unas manos blancas, pequeñas, de finos dedos, que enamoraban. Me sentía orgullosa de mis manos. Escribía con pluma la mayoría de las veces pero también mis manos habían aprendido en la adolescencia a machacar el teclado de las antiguas máquinas de escribir y, en mi edad adulta, mis manos tecleaban los ordenadores, que empezaban a dominar por todas partes, aunque siempre seguí con mi costumbre, cuando podía, de escribir a mano.
Mis manos adultas sujetaron y mecieron a mi bebé y sus primeros pasos, sus biberones, la cuchara con que tomó sus primeras papillas y vistieron con esmero a esa hija hasta que aprendió lo suficiente para valerse por sí misma. Esas manos la llenaron de caricias y sostuvieron su pequeña manita entre las mías muchos, muchos momentos inolvidables.
Mi mano unida a la de mi marido ha recorrido los años sin darse cuenta, envejeciendo. La mía siempre fría, la suya cálida. Con las manos nos hemos hablado un lenguaje que solo nosotros sabemos y nadie más sabe. Un lenguaje pleno de amor y de ternuras.
Ahora miro mis manos, ya no son tan blancas, tienen alguna que otra mancha de edad, los dedos no tan finos como los recuerdo en la juventud y, además, la maldita artrosis me ha torcido dos de mis dedos de escribir. Miro mi mano derecha y no la reconozco como mía. Pocas veces me hago la manicura (francesa, a poder ser) y entonces me viene un flash de mis manos de antaño, pero no, éstas son ya mis manos, las de ahora, las de la artrosis, las de las manchas, un poco azuladas, las que han vivido, escrito, acariciado, cosido, dado de comer, sostenido…
Uñas cortas hoy, según las miro. Creo que no me crecen últimamente porque estoy algo estresada. Mis manos tienen su propio lenguaje y me avisan que descanse, que me relaje, que hasta aquí hemos llegado y seguiremos juntas, envejeciendo lentamente. Nos esperan otras experiencias ¡quién sabe cuáles! Mis manos me hablan tanto de mi vida que hasta yo misma me sorprendo al observarlas.

Hola Adela. Cómo me gustado. Las manos dicen mucho de nosotros. Un texto bello. Un abrazo 🤗
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Gracias, Elena, por seguirme. Un fuerte abrazo y Feliz Navidad.
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Precioso. Me encanta 🥰
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Me alegro que te haya gustado. Feliz Navidad. Besos.
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Adela, qué maravilla. Me gusta cómo todo se relantiza para fijarse en trazado de la vida y en las manos que son a la vez esencia y circunstancia.
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Siempre haces comentarios muy inteligentes, me encanta leerte. Gracias por comentar. Feliz Navidad.
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Bella historia, hermosas manos que trabajan, escriben y cuidan. También envejecen!
Gracias por las manos que comparten letras y pasiones!
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Gracias por leerme. Un abrazo.
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