Los días se van notando más largos aunque el frío sigue siendo intenso. Sin embargo marzo ya nos trae la primavera. Lo he notado en la salida del tubo de la campana extractora de humos de mi cocina. Han vuelto a anidar ahí las golondrinas, como cada año, y trabajan sin cesar en un ir y venir formando de nuevo el nido que, con tanto esfuerzo, quitó el fontanero en octubre pasado. Cada amanecer oigo sus trinos y me alegran la mañana, aunque pienso que otra generación de polluelos volverá a aturdirme esta primavera.
Echo de menos mi Madrid con sus árboles en flor. Aquí veo las palmeras y las florecillas amarillas o moradas que parecen pintadas en el campo, pero no hay árboles apenas. Recuerdo que en Madrid brotaban muchas flores y me da cierta nostalgia. No se puede tener mar y flores en los árboles… no. Todo es cuestión de elección. Elegí el mar.
Pero el mar también cambia su color en primavera. Ahora está más turquesa que nunca, un turquesa profundo. Me quedo embelesada mirando al mar, a la mar (como dicen los marineros). Los atardeceres son magníficos con sus nubes aisladas, los tonos rosáceos y violetas y anaranjados me aportan una quietud muy grande, intensa.
Y cuando me levanto, todavía de noche, veo el reflejo del sol saliendo entre los edificios. Cada día es un regalo, debemos aprovecharlo al máximo, como dicen: es el primer día del resto de nuestra vida. En primavera siento la necesidad de aprovecharlo más que en ninguna otra época del año porque Tarifa es quietud pero se vuelve más alegre con la primavera y en verano, en cambio, se llena de gente y no puedo disfrutarla tanto como ahora.
Marzo, además, tiene dos fechas especiales: el 8 y el 19. El día de la Mujer y el día del Padre. Las dos me importan mucho.

Precioso 😻
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Gracias 🙂
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