A mis doce años descubrí que tenía los ojos oscuros y me resultaron bonitos, un poco almendrados, pero demasiado pequeños. Tampoco empezó a gustarme mi nariz, que ocupaba demasiado espacio en mi cara, así como mis dos dientes delanteros (las paletas) que encontré demasiado grandes y que intentaba disimular cerrando bien la boca cada vez que me reía. Aprendí a peinarme con flequillo y, por fin, mi madre permitió que nos creciera un poco el pelo que, de niñas, siempre habíamos llevado corto.
También empecé a observar mi cuerpo. Lo vi desproporcionado. Ya no era una niña porque me había crecido demasiado el pecho y, en cambio no tenía caderas y era larguirucha y sin cintura. Lo peor de todo eran mis piernas que resultaban como dos palillos, me pusiera la ropa que me pusiera encima.
Decidí que no tenía mucho futuro con los chicos porque otras compañeras de clase tenían ojos claros, no se tapaban las tetas con la carpeta de clase y caminaban con soltura porque los pantalones vaqueros les hacían buen tipo; así que decidí que lo mío eran los libros y busqué en ellos el refugio a mi timidez.
Como no hay mal que por bien no venga, aprendí a amar la literatura y pronto empecé a leer todo lo que había por mi casa. Por aquel entonces éramos de «El círculo de lectores», socios de una empresa que iba por las casas y estabas obligado a comprar dos libros al mes, lo que para mí era una suerte porque no existía una triste biblioteca en mi barrio. Así leí infinidad de autores tanto de novela como de poesía, españoles y extranjeros, e incluso recuerdo un libro de remedios naturales de plantas de Maurice Méssegé, que me pareció interesantísimo. Leía cuanto caía en mis manos.
También era costumbre vender libros y enciclopedias por las casas y mis padres compraron las maravillosas obras completas de Julio Verne, que aún conservo. Creo que tardé dos años en leer los ocho tomos en papel biblia mientras devoraba también unas cuantas cajas de galletas «campurrianas» de Cuétara todas las tardes.
Mis doce años fueron unos años muy dulces, soñaba con ser escritora como aquellos hombres y mujeres de los libros que leía y ya por entonces decidí que estudiaría lengua y literatura. Todavía no sabía que aquello se llamaba «filología» pero lo tenía muy muy claro.
No sentía deseos de aprender a practicar ningún deporte pero me habría gustado saber bailar ballet o danza clásica y ni había una escuela, ni aunque la hubiera habido, mis padres no se podían permitir que yo aprendiera. De todos modos, yo caminaba sobre mis punteras y andaba dando saltitos haciendo piruetas con mucho equilibrio. Rompía las suelas de las zapatillas de andar por casa y me llevaba bastantes regañinas de mi madre por mis pájaros de bailarina en la cabeza.
Los chicos todavía no me interesaban mucho. Las clases no eran mixtas hasta los catorce años y disfrutaba de esa amistad entrañable de la adolescencia que, si se cultiva bien, llega hasta la edad adulta. Sigo la pista a mis queridas Araceli Guerrero y María Jesús Mulió a pesar de los años transcurridos, porque los lazos creados fueron fuertes y el tiempo no los borró.
Los doce años son los que cumple hoy una persona muy especial para mí. Se llama Aroha y es mi sobrina, la más pequeña, la última que vino a la familia, pero que ocupa un lugar muy grande en mi corazón. Para ella he escrito hoy estas líneas para desearle un día feliz y para que sepa que se abre una preciosa etapa en su vida, llena de posibilidades, de sueños por cumplir, de alegrías para compartir y momentos que celebrar.
Como ya sabes algo de latín, Aroha: «¡Carpe diem!» y feliz cumpleaños.

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