Nunca podré decir lo suficiente cuánto admiro a esta escritora increíble. Hace ya un par de semanas que terminé su último libro «Violeta» y me quedé, como siempre, enganchada desde la primera a la última página.
Desde que leí «La casa de los espíritus» han pasado muchos años y muchos libros de Isabel Allende y, aunque unos más que otros, todos han ido dejando su huella. Ese estilo tan característico suyo, esa forma de dotar de carácter a los personajes, especialmente a los femeninos, su forma de narrar inconfundible. Esos libros que quieres acabar pero no quieres que se acaben (ustedes ya me entienden). Quien lee a Allende suele repetir y pocas veces nos ha decepcionado.
De entre todos sus libros elijo sin duda «Paula», la historia de su hija mientras vivía su enfermedad y muerte. Fue un libro impactante que leí en 1994, mi propia hija tenía tres años y hubo muchos capítulos en que sentí el dolor de una madre, y lo sentí porque Isabel Allende lo supo trasmitir con sus palabras.
Es curioso que ella dijera en una entrevista:
«Me lancé a la escritura por desesperación, me moría de aburrimiento con la vida que tenía y necesitaba contar el caudal de anécdotas que llevaba por dentro desde hacía años».
Ella era periodista, y de esa crisis personal, nació el super ventas «La casa de los espíritus». Me alegro mucho de que tuviera ese aburrimiento de la vida que llevaba, la verdad, porque si hubiera sido feliz nos habríamos perdido su talento.
Mi vida no es aburrida precisamente y nunca he dejado de escribir pero confieso que pocas veces lo he hecho tomándomelo en serio. Tal vez no sea tarde para probar pero lo mío es la lucha con el verbo procrastinar, ya que siempre encadeno una crisis con otra, no sé cómo me las arreglo.
