Desde niña tuve miedo a los perros, sin embargo, me propuse vencerlo adoptando una perrita de unos nueve kilos, color sal y pimienta, que recordaba a la raza de pastor de Los Pirineos. Mi decisión, a los cuarenta años, tuvo que ver con la pasión que sentían mi marido y mi hija por los perros y para motivar al primero a que abandonase su vida sedentaria.
El nombre de Puka, empeño de mi hija, nos costó muchas aclaraciones porque mucha gente entendía «puta» pero, en realidad, fue nombrada así por la perrita de Disney de la película de Anastasia en la que Puka significa suerte.
Los primeros meses mi marido paseó con entusiasmo a su perrita, que era joven, no un cachorro, tendría unos tres o cuatro años, según nos dijeron en la protectora. Sin embargo, como suele pasar en todos los casos, mi hija tenía ocho años y no era edad para encargarle los paseos (en mi opinión) así que pronto asumí la tarea de «sacar al perro», como suele pasar en casi todas las familias que deciden tener esta mascota. La madre, no entiendo bien el motivo, termina siendo la verdadera dueña del perro aunque Puka estaba «en los papeles» a nombre de mi marido.
Pronto se estableció un vínculo especial entre esa criatura y yo. Ella era dócil, independiente pero obedecía. Era un placer pasear con ella porque, cuando iba atada iba a mi paso y cuando no, no se separaba de mí más de unos metros y si la llamaba acudía sin dudarlo. En casa, le prohibimos entrar en la cocina y respetaba la línea del umbral de la puerta, era increíble. Se sentaba en el pasillo para observar lo que hacíamos pero jamás entraba.
Durante los doce años que nos acompañó fue tan cariñosa y ejemplar que todos nuestros amigos la querían tanto que algunos tomaron la decisión de adoptar también algún perro pensando que saldría otra Puka (alguna salió parecida, otras nada que ver…). Era realmente alguien especial. Con su mirada, cuando me observaba, juraría que sabía cómo me sentía, si triste, si enfadada o alegre.
Le dejábamos pienso puesto permanentemente y ella comía muy poquito y, curiosamente, nunca dejaba su cuenco sin comida, siempre guardaba un poquito. Nosotros pensábamos que debía haber pasado mucha hambre en su pasado callejero antes de la adopción y que lo guardaba por si alguna vez no tenía qué comer. ¡Pobrecilla!
Tenía algún que otro defecto: su perdición eran los gatos. No podía ni verlos de lejos. Perdía el sentido y se iba tras ellos. En una ocasión la atropelló un coche por ese motivo (por suerte sin consecuencias). Otra cuestión que no podía evitar era ser buscadora de comida por la calle y mirarnos con cara de hambre siempre que comíamos. Esto creo que lo hacen muchos perros para enternecernos y ver si cae algo… a ella no le daba resultado. Por último, se moría por el olor a pescado podrido y más de una vez hubo que bañarla después de haberse escapado para restregarse en algún pez muerto en la arena de la playa.. ¡Qué peste!
Fuimos muy felices las dos, nos hacíamos mutua compañía, ella sabía mejor que yo (casi) mis horarios y mis costumbres. Jamás me reclamó salir a la calle temprano o muy tarde. Soportó, si lo hubo, algún retraso y se identificó conmigo cuando me sentí triste durante una depresión que me duró bastante tiempo. Se sentaba o tumbaba a mi lado y podía pasar así horas y horas, solidarizada conmigo.
El día que llegó su hora de partir fue muy triste pero no sufrió. Yo nunca habría permitido alargar su vida por egoísmo de tenerla conmigo. Cuando llegué a casa tuve que deshacerme de todas sus cosas y sentí el mismo vacío que si estuviera deshaciéndome de las pertenencias de un ser querido que se ha marchado para siempre.
Puka nos dejó en 2010, al final del verano y me costó acostumbrarme a no recoger madejones de pelos cuando barría y no sentirla cerca cada vez que me movía por la casa. Lo más duro fue que todos los conocidos me preguntaban dónde estaba ella los primeros días y meses porque solíamos ir juntas a todas partes.
Me juré a mi misma que nunca más pasaría por ese dolor, que Puka me había regalado algo intangible pero importante, no sólo quitarme el miedo a los perros, sino también apreciar todo lo que te pueden aportar estos animales. En este caso mucho, muchísimo. Jamás tendría otro perro.
Desde hace seis años rompí mi promesa y recogí al pequeño Milú, de cinco meses, que nadie quería cuidar. El hermano de Puka nos ha salido muy tranquilo y cariñoso en casa, comilón, dormilón y guaperas. Es un perro blanco (nunca tengan un perro blanco, es muy sucio) parecido al de Tintín aunque le pusimos el nombre de Milú antes de conocerlo.
Como todos los padres y madres, a los hijos se les quiere por igual (eso dicen) pero Milú tiene en su contra que en la calle es un poco rebelde y desobediente, va un poco por libre y le gusta buscar bronca, vamos, cosas de «machos». Creo que es su comportamiento normal por ser macho.
Añoro mucho a mi Puka. Me siento un poco culpable porque Milú es encantador pero Puka era adorable, se ve que ya he olvidado sus defectos y me he quedado con todo lo bueno.
Adopten un perro, les cambiará la vida. Pero piénsenlo bien.

¡Qué bonito texto,Adela! Cualquier persona que tenga o haya tenido un perro se habrá sonreído, como yo, al leerlo porque detalles en el muchas cosas que son ciertas. Yo tuve a Chico y ahora a Tina y Cuca y cada uno es especial. Un día escuché que en inglés perro es dog, pero ¿Y si lo lees al revés? Pues eso, seres de luz que vienen a enseñarnos sobre amor incondicional, perdona, alegría, disfrutar el momento y tantas cosas más. Gracias por compartir un recuerdo tan especial.
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Qué bonito tu comentario sobre dog en inglés. Realmente son unas criaturas especiales. Un abrazo.
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