Apodos y motes

Yo diría que en los pueblos es más frecuente que a una persona o incluso a una familia se les apode de una determinada forma. El apodo suele resistir el paso del tiempo y así encontramos a la hija del… o el nieto del… o a los… Es un mundo curioso porque mucha gente ni siquiera sabe el nombre real de esas personas, sólo su apodo. Me he encontrado con casos en los que estaba hablando de alguien y me decían que no sabían quien era hasta que, de repente, se enciende la luz del mote y dicen: ¡Hombre, sí, el…»

No diré motes que conozco de Tarifa o alguno incluso de mis antepasados, que eran de un pueblo de Cuenca, porque normalmente suelen ser despectivos o hacen hincapié en alguna característica de la persona que la hace diferente.

Luego están los, no tan inocentes tampoco, motes de los maestros y profesores. Esos que los terribles adolescentes colocan sin piedad a sus autoridades, sobre todo en el instituto. Esos sí que son despiadados. Si los estudiantes aplicasen en el estudio el mismo interés que en fabricar motes, se convertirían todos en eminencias y tendría mucho interés fomentar el trabajo en equipo.

Por último, están los que nos ponen, inocentemente, en casa. «Paquito» con cincuenta y tantos cumplidos (todo empezó para distinguirle de su padre, seguramente, pero así se quedó). Estos no alcanzan la categoría de apodos, son nombres cariñosos con los que nos llamamos en familia y que, por suerte, no traspasan las paredes del hogar.

Yo tuve un antepasado «Sandalio» y nadie recuerda el motivo. No me parece ni bien ni mal. A lo mejor fue despectivo. ¡Vaya usted a saber!

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De Adela Muñoz

Me gusta abril pero no soporto noviembre. Adoro a mi perro pero algunos me dan miedo y creo que es por sus dueños. Lo más importante es perseguir tus sueños pero sin perder de vista la realidad. Cuando elijo un amigo es para siempre. Cuando elegí a mi amor también fue para siempre. Lo más importante que he hecho en la vida ha sido dar vida.

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