Hoy hace diecinueve años que falleció mi padre. Recuerdo perfectamente el dolor inmenso, inabordable, de aquel día caluroso, a pesar de los años transcurridos.
Los siguientes meses todo el mundo intentaba consolarme, a mi y a mi familia con la famosa frase de que «el tiempo todo lo cura». A mí me parecía absolutamente imposible que algún día pudiera dejar de sentir aquel vacío, aquella sensación de pérdida.
Curiosamente resultó ser cierto, la herida fue sanando y quedaron los buenos recuerdos aunque algunas veces me asaltan algunos no tan buenos. Te echo de menos, con tus defectos y tus virtudes, con tus carencias, que las hubo, pero sobre todo echo de menos tu amor por nosotros, tu cariño, la forma en que nos mirabas cuando te hablábamos, lo orgulloso que estabas de nosotros.
Su afición era la pesca de agua dulce. Aquí le tienen, el señor Paco, con un lucio de tamaño considerable. Seguramente lo pescó en Peralejos de las Truchas (cerca del nacimiento del río Tajo). Allí hacía un frío criminal los amaneceres de invierno pero se empeñaba en madrugar mucho, salir de noche de Madrid para llegar al amanecer porque, según él, era cuando los peces picaban más el anzuelo.

Veo ese atuendo de pescador, sus botas altas, su abrigo y el gorro que no protegía lo suficiente del riguroso frío pero también veo su cara de satisfacción. Pescar era de las cosas que más le hacían disfrutar en la vida. Algunas veces le acompañé en mi adolescencia y me regañaba porque decía que no paraba de hablar y le espantaba a los peces; le gustaba el silencio, se comunicaba poco. Así era él. Pero sabía escuchar como pocos.
Desde que murió, la familia ha aumentado en dos nietas, las de sus hijos pequeños, los varones. ¡Cuánto hubiera disfrutado de verlas crecer! Ocho nietas, papá, ningún varón. Se pierde tu apellido Muñoz, con el empeño, como buen machista clásico de tu época, de tener hijos varones para que perpetuaran tu apellido… Ya ves, somos una familia de mujeres. Somos mujeres fuertes, no te preocupes, la admiración que ibas sintiendo por tus nietas a las que conociste, la habrías sentido igual por las que dejaste de conocer por tu marcha tan temprana.
Algún día, yo confío, en que tengamos oportunidad de reunirnos de nuevo toda esta gran familia que partió de tí y de mamá. De dos individuos que se conocieron en el 1956 y que hoy son dieciséis contándote a tí. Una familia numerosa con la que siempre soñaste.
Los errores que pudiste cometer ya están en el cajón de lo olvidado, ahora solo queda la huella de lo vivido, de aquellos abrazos, de las tardes en el parque cuando llegabas de trabajar y volábamos corriendo a darte un beso. Te veía gigante cuando era niña, pero anciano pasaste a ser un ser humano desvalido con quien hubiera querido pasar muchas más horas hablando de nuestras cosas. Siempre tengo la sensación de que podía haberte llamado más, de que nos quedó algo pendiente.
Descanse en paz Francisco Muñoz Hernández. Siempre estarás en nuestros corazones.
